sábado, 24 de marzo de 2007

Biocaricatura: Clint Eastwood


Clint Eastwood: Actor estadounidense de spaghetti-western, películas con alto contenido en fibra e hidratos de carbono.

Fue en nuestra Almería, allá por los 60, donde el bueno de Eastwood rodó varios pastiches de tiros y cabezas de ganado, dirigido por Sergio Leone, un italiano gordinflón que prefería los canelones al cine, y no hacía más que picar entre tomas.

La primera de aquellas películas, "Por un puñado de dólares", resultó una farsa, pues Clint no cobró un duro. A pesar de ello, participó en varias secuelas de aquel trabajo, pero ya bajo la batuta de otros directores: "El precio justo, forastero", "Euroconversor" y "No cobres ahí..." que finalmente se estrenó como "Cóbrame a mí". Y entonces llegó "El bueno, el feo y el malo" un peliculón donde perseguía el Oro Confederado hasta la sucursal del Phoenix Bank en Tucson, provincia de Arizona (o sea, la estafeta de correos de Alcudia con cachos de porexpán). Y triunfó un montón.

Volvió a los USA en plan "gallu", y se instaló en San Francisco, ciudad en la que había nacido allá por 1930. Adquirió una Magnum 44 con un cañón "diámetro colector de fecales" y ya no se lavó más: ahora era Harry Callahan, "el sucio".

Le vimos por las calles de aquella urbe, apestando, pegando tiros a destajo. Solía disparar primero y preguntar después: "¿Sabes como quedaron los Yankees?" decía a los que se retorcían a sus pies. En cierta ocasión se equivocó y tuvo que disculparse ante la abuelita de 83 que acababa de convertir en un colador: "Huy, perdona mujer, pensé que eras una mafiosa del carajo..." La ancianita era ya una menestra de sangre y vísceras y no articuló palabra. Harry remató aquel requesón allí mismo, por si los de Asuntos Internos la llevaban a testificar.

Eastwood representa al tipo duro sin escrúpulos, un témpano capaz de enrollarse con Meryl Streep o desollar al Bambi ante una excursión de E.G.B.

Durante unos años fue alcalde de Carmel, ciudad en la que aún reside a pesar de ello. Sus métodos rudos no gustaban a la oposición, y tuvo que eliminarla en un pleno: levantó el poncho mejicano que vistió en sus primeros filmes y barrió el salón con la ametralladora de tambor que escondía. Luego escupió un salivazo de tabaco de mascar y levantó la sesión.

El Secretario no levantó acta de tal suceso. Clint recordó una vieja rencilla por un recibo de la contribución, dijo aquello de "alégrame el día", y aprovechando la confusión se cebó en él.

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